jueves, 28 de mayo de 2015

En un pozo



Llevo varios días viviendo en un pozo. Es un lugar húmedo, oscuro y frío. La luz que entra por momentos, cuando el sol esta lo mas arriba, me gusta. Sentir su calor es como una frazada que me arropa, como un abrazo de mamá. El resto del tiempo es humedad y palidez. 

Una vez me rescataron y me abrazaron. Jugué con los niños y me reí mucho. Crecí en un hogar, comía comida y me asusté de los fantasmas. Miraba al patio donde estaba el pozo y lo veía tan lejano que terminé por olvidarme de él. Corrí lo mas rápido que pude para que no me pillaran hasta que sentí clavadas en el costado. Me caí y lloré mucho; sangré, de la pierna y del corazón, cuando una niña se puse delante mio y me miro. De nuevo corrí mucho detrás de ella hasta que se me acabó el aire. Cuando me senté a descansar me encontré con un hombre que tocaba una guitarra y cantaba. Este hombre me regaló muchas melodías y se fue. Ahora corría a cantar algunas canciones que me contaban los arboles, corrí a cantarle a la niña, pero esta desapareció. Me olvide de la guitarra y me puse a leer, entre las páginas tuve amigos de papel que me enseñaron a fumar. Entre las colillas aparecieron amigos de verdad, de carne y hueso, que remojaban sus intestinos en alcohol. De entre las botellas salieron muchas risas y muchas carreras; en una de esas me golpearon, otros niños, tan fuerte que termine en el hospital; sangre mucho de la cara y del corazón, cuando la vi de nuevo, era otra niña, mas grande, que me miraba fijamente y no corría, me invitaba a jugar. Jugamos mucho, hasta con cosas que las mamás enseñan que no se hacen. Jugamos a ser grandes, a conducir automóviles y comer en banquetes; jugamos a ser banqueros, a ser malos, jugamos a ir a casinos y a tocarnos la piel. Terminamos tirados bajo el sol en una playa, heridos y sin consuelo; habíamos jugado demasiado. Yo volví a casa cansado, a comer el guiso de mamá, pero ella ya no estaba; estaba jugando con otros juguetes, no conmigo; las muñecas estaban empolvándose en el velador. Papá era la muñeca mas grande que me miraba desde su estante, cansado y con una sonrisa. Me quedaba horas contemplándolo y hablándole, pero el solo jugaba con mamá. Mi hermano era un fantasma entre los muebles, alguien que solo se hacia entender cantando. Y me sentaba a escucharlo mucho rato, le preparaba comida y lo mantenía feliz en su jaula, que cantara, que reconfortara mi alma. 


El tiempo paso volando y salí de la casa desnudo. Mis amigos ahora jugaban solos, a sus vidas. Las niñas ya habían encontrado mejores amigos con quienes jugaban a ser papás y mamás. Toqué todas las puertas, pero no me abrieron; me quede solo. Quería correr y caerme, quería comer guisos, quería cantar en la cuneta. Me sentaba y miraba como los ojos de los extraños, que habían de pronto irrumpido en mi vida, me miraban con ojos extraños, reprobándome, juzgándome, desnudándome, enjuiciándome; violándome. Me corrí y me corrí, donde nadie me viera, pero había ojos en todas partes; todo lugar donde mirara estaba plagado de ojos que gritaban cosas como: quiero más, soy más, soy mejor, tengo poder. Las personas levantaban castillos de pensamientos y sueños, y cada vez mas me iba quedando a la sombra, sin luz del sol. Castillos y rascacielos me nublaban la vista. Se abrían las ventanas y salían mujeres hermosas que me excitaban, olores exquisitos que me reventaban la hiel, canciones horrendas que me hacían moverme. El parque se lleno de cosas y comprendí que ya no debía jugar mas, que la barba en mi cara debía de significar algo.

Me fui muy lejos donde nadie me conociera y me asuste del mundo. Los rascacielos ajenos y desconocidos eran mas temibles. La gente se paseaba con armas entre sus rascacielos golpeando a todos los que dormían bajo su sombra. Para comer debía de entrar en uno y hacer lo que el jefe quisiese. El mundo se aceleraba y yo tenia puesto el freno. Corrí y corrí esta vez sin sentido, porque mientras mas me movía menos daño podían hacerme las cosas que se mantenían quietas. Los zapatos se gastaron y levantaron polvo. Los zapatos se gastaron y me dañe los pies; me detenía a descansar y me limpiaba con las lágrimas.

Volví al pozo, donde nadie me ve, escucho lo que pasa, pero me cantó para reconfortarme. Las penumbras son mas amigables que las sombras, y el sol que se asoma por un rato es mas amable que las luces de neón. Aquí vivo tranquilo, pero triste; triste de ser un paria, triste de no crecer al mismo ritmo, triste de no endurecerme cuando tenia que hacerlo, triste de querer jugar como un niño, triste de aun querer jugar a hacer cosas de grande con esa niña que ya no jugaba mas conmigo. Me quede triste de crecer porque no quería. No tiene nada de malo ser así, pero soy de los débiles, de los que en tiempos de Esparta hubieran muerto apenas nacen.

Lo bueno es que se asoman los pájaros a beber y los veo volar. Lo bueno es que los niños vienen a verme, a reírse, y su risa me saca risas y lágrimas. Lo bueno es que no estoy del todo mal. A veces decido salir a dar una vuelta, a burlarme de los castillos, a romper un par de ventanas, a mirar a las niñas que se pasean pavoneándose, a cantar bajo la luna o en medio de una multitud enardecida. A veces salgo a comer de los basureros, y otras veces juego a que soy un señor, un conde, y entro en restoranes, tomo los mejores licores y hago amistades que cuestan dinero. A veces bailo en las discos, otras duermo en el pasto, otras miro las ruidas de los autos girar y otras canto a viva voz en el metro.

Nadie me conoce, soy un paria, un solitario, un olvidado. Vivo al costado del camino, me muevo entre las cosas que la gente olvida o desprecia. Valoro el viento, la briza, las hojas, el sol y las nubes. Y subo el cerro siempre y cuando quiera con niñas que también quieren hacerlo.

Pero vuelvo al pozo a llorar, a lamentarme. Quizás esos castillos que levanta la gente también son pozos, también lloran allí, también sienten el frió y desean el abrazo del sol, como yo. Yo nací aquí, no me costó nada tenerlo, solo volví a donde pertenecía. Y desde aquí abajo veo casi toda la humanidad. Se siente bien estar solo a veces. 

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